Día 20, faltan 346

El derby de jonrones se ha puesto bueno de un par de años para acá, antes era un bodrio insoportablemente largo y fastidioso, duraba horas interminables, ahora pusieron un reloj, 3 minutos y pal´ carajo, en ese tiempo tienes que hacer lo que vayas a hacer. Además, la competencia está organizada en llaves, parecida a los torneos de ténis; este pana va contra éste, el que pierda fuera, el que gane sigue y así hasta la final, 2 horas de tele. Done!
Anoche todo el mundo quería ver a Aaron Judge, el fenómeno de los Yanquis, claro, el coño de madre mide 3 metros y parece más un jugador de fútbol americano que un pelotero, se esperaba una final contra otra bestia, no tan alto, pero sí tan fuerte, que era Giancarlo Stanton, pero a Stanton se le atravesó otro Yanqui, Gary Sánchez y lo eliminó.
El desarrollo de la competencia fue entretenido pero me hizo pensar acerca de las expectativas; el béisbol es un deporte que yo pienso, fue creado por Dios antes que al hombre y que nosotros existimos porque él lo intentó con otros animales y no funcionó, entonces hizo a la mujer, sí, creo que ella fue hecha primero, pero no se interesó en los deportes, fue sólo entonces cuando Dios dijo: "Coño, necesito una vaina menos inteligente que las mujeres, pero más que los mandriles" y... ¡Boom! Vino toda la vaina de Eva y Adán, etc, etc, pero volviendo al tema, es un deporte donde toda vaina se cuenta. ¡Toda vaina!
Esto atenta contra las expectativas, pero ahí es donde viene lo maravilloso del tema; son tantas, pero tantas, las variables que interactúan en cada picheo, en cada turno, en cada jugada, que no hay manera de anticipar sus resultados. Anoche todo el mundo sabía que Judge iba a ganar y todo el mundo esperaba que Giancarlo le diera la pelea, pero no, el otro finalista fue Miguel Sanó, un carajo que la gente pensaba que estaba ahí por que nadie más quiso asistir.
Las expectativas funcionan igual, los más hábiles logran anticipar los resultados, los menos hábiles, se hallan repentinamente ante la tragedia porque no pasó lo que ellos querían que pasara, yo en este departamento estoy como en el medio, es más, soy lo que sería de centro-izquierda. Tengo y no tengo la habilidad de sumergirme en la tragedia, pero va a depender de cuánto haya invertido en lo que sea que espero y lo hago porque, si se da la sorpresa, pues es mucho más satisfactorio.
Pero también tiendo a engañarme en cuanto a las expectativas y aunque diga mil veces que me importa un coño lo que suceda con algo, cuando sucede, pues, me arrecho, típico del Síndrome del Hombre Araña. Lo que sí no dejo que me suceda es que la gente me joda, ya a esta edad he aprendido algo a leer a las personas de forma individual, las instituciones y organizaciones son otra vaina.
La gente, aunque parezca mentira, es fácil de leer aunque le cueste a uno algún coñacito aquí y allá, por confiados, pero una vez superada la primera impresión, ya se sabe que esperar.
A pesar de las decepciones y arrecheras, a veces extraño tener ciertas expectativas y esperar que suceda una vaina con pasión y vehemencia, extraño arrecharme, o ponerme triste, o contento.
Mi papá siempre jugó a la lotería, gastaba un dólar a la semana o cuando podía en el azar, parece tonto, pero siempre mantuvo sus expectativas de ganar el gordo, no lo logró nunca, pero tampoco se puso triste del resultado de su suerte porque él, nosotros y los que lo conocieron, no recuerdan que no ganó, pero sí que tenía anotada en un cuadernito, una lista de gente con la que compartiría su premio.
Esas sí son expectativas arrechas. 


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