Día 27, faltan 339

El pesimismo es definitivamente una enfermedad, y es una enfermedad jodida de curar, porque uno a veces no sabe que la tiene y la muy desgraciada no se manifiesta con pepas en la cara o cicatrices inesperadas en los pies, no, se manifiesta es cuando nos auto saboteamos la existencia y jodemos la paciencia a los demás.
Uno de los síntomas de esta plaga es la auto flagelación, no joda, tengo maestría, graduación con honores y hasta dí el discurso a la clase en esa vaina, bastaba que la mínima vaina me saliera mal para que todo lo que Margarita y Gonzalo habían invertido en mi se fuera al carajo y además me esmeraba en decirme al espejo que no servía para nada, bueno, a veces la verdad no serví para nada, pero todo era la proyección de mi humor de chihuahua y no la realidad. Para poder salir adelante como emigrante hay que ser fundamentalmente optimista.
Ayer se dio un evento extraordinario en la historia del país donde nací, Venezuela, 7.7 millones de personas protestaron, hoy encontré a un montón de gente hablando pendejadas negativas de lo sucedido ayer y procedí a arrecharme. Me arreché porque no se puede ser tan ciego, no se puede ser tan mezquino, como para no ver lo sucedido, como para no entender que gracias a lo hecho ayer, los gobiernos de muchos países (no las miserables islas de mierda en el Caribe) ahora le dicen al dictador que si no se va, habrán consecuencias.
Pero yo no tengo tanta paciencia, como buen chihuahua los patié fuera de mi vista y existencia, no joda, el único pesimista en esta comarca voy a ser yo, aquí no hay democracia, en el departamento de pesimismo mando yo y punto.
Pero luego me dí cuenta que quizás esto haya sido una epifanía de mi propio mal y tal vez sea el principio de mi remisión, porque coño, si soy famoso, ídolo, la roca y estoy dispuesto a ponerme lolas: ¿Cómo coño puedo ser pesimista?
No, no puedo.
Y no lo seré.
Venezuela y este chihuahua serán libres.

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