Día 28, faltan 338

Llegué a un sitio donde tenía una reunión y mi interlocutor, inesperadamente la pospuso por dos horas. ¡Carajo quería matarlo! Pero matar gente es ilegal, así que, sin mirar el cielo decidí caminar por los alrededores, cuando no tenía ni 3 minutos de haber salido, comenzó el diluvio del fin del mundo, no me quedó más remedio que meterme en una tienda por departamentos a esperar que escampara o que nos ahogáramos todos.
Se me ocurrió preguntar por un paraguas, una pinche sombrilla para detener el agua, increíble los precios, por supuesto, como buen macho, ni de vaina iba a pagar semejante cantidad de dinero, por ese precio que marcaba la etiqueta podría tomarme 5 cervezas, o comerme 3 hamburguesas, o jugar una partida de golf, o ir al cine, o hasta comprarme un afiche gigante de mi nueva novia Wonder Woman, pero ninguna de estas pendejadas era lo que necesitaba en ese momento, la ecuación era muy simple; afuera llovía y yo me iba a mojar, el paraguas impediría eso, pero ahí estaba yo, debatiéndome entre todas esas cosas maravillosas y el estúpido paraguas.
Estuve parado como un idiota 5 minutos, mientras mi cerebro parecía una sesión del congreso, con gritos y puñetazos, entonces llegó una dama que parecía apurada, tomó el paraguas, caminó a la caja de al lado, pagó y se fue al carajo. Y yo, parado ahí, llegué a una conclusión soberana: los hombres podemos ser muy pendejos a veces, y no quiero menospreciar a mi género, no, somos los reyes de la selva y todo eso, pero coño, el sentido utilitario de las vainas a veces, lo tenemos torcido.
Me dio tanta vergüenza conmigo mismo todo el episodio, que decidí autoflagelarme y mojarme, pero Dios protege a sus criaturas y ya había escampado, me sentí un triunfador entonces, ahora tenía el dinero para todas esas cosas maravillosas que podía comprar con lo que costaba el paraguas y pensé en la dama que gastó inútilmente su dinero.
¡Ja, se debe sentir como una pendeja!
Cuando terminó mi reunión llovía a cántaros y yo no tenía paraguas. Mientras esperaba en la entrada del edificio con cara de circunstancia, la dama del paraguas pasó frente a mi
Mi cerebro bipolar inmediatamente me preguntó: ¿Quién es el pendejo ahora?

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