Día 32, faltan 334

Mientras escribo, nos está cayendo encima una pinche tormenta gigante, con truenos, rayos, piedras, culebras, brujas y zombie, no joda. Mi perrita tiene 2 horas metida en el closet y yo estoy que me escondo con ella.
Pero, como sabíamos que venía, nos preparamos muy bien: pizza, helado, coca cola, Moana y ahora Rogue One.
La vaina es que casi nunca sabemos cuándo vienen las verdaderas tormentas, tenemos los pronósticos, pero coño, por lo menos yo, me quedo esperando que no sea tan fea la cosa y cuadro parrillas, picnics y partidas de golf, sabiendo que la vaina viene. Y es que parece mentira pero los chaparrones que nos caen en la vida se anuncian, igualito que el clima, algunos se preparan, otros no; yo estoy en un  50 y 50 en esas lides y es porque uno no quiere que la tormenta llegue y trata de soplar los nubarrones desde abajo, nunca funciona, pero uno pendejo lo hace igual, cuando caen las primeras gotas, uno ya perdió demasiado tiempo y se te viene todo encima.
Bajo la lluvia, mojado y arrecho, uno lo primero que hace es autoflagelarse: "¡Coño, qué pedazo de pendejo que soy!" Es la frase favorita. Yo solía culpar a un personaje mitológico que me inventé para justificar mis errores; un perro gigante que vive en el cielo y que, decía yo, gustaba de mearme cada vez que yo quería hacer algo, no pensaba que era yo, haciendo una serie de pendejadas, una y otra vez, al minuto que algo cambiaba y las circunstancias  mejoraban, el perro, por supuesto, desaparecía.
No he dicho que no crea que el perro haya dejado de existir, sólo que ahora ando con paraguas y capeo mejor los temporales, no joda, viví 10 años bajo la mortadela galáctica, a pesar de los altos y bajos, aquí en los Estados Unidos, no me había acordado del perro hasta hoy.
Hay un buen partido de béisbol en la tele y tengo ron venezolano, el can que mee todo lo que quiera, hoy no pienso salir.

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