Día 63, faltan 302. Martes 22 de agosto
Mi hermana Luisa Helena, quien vive en México con su familia, contó que le ha costado mucho dejar al más chiquito de mis sobrinos en el colegio, y es que está muy chiquitico coño, o bueno así vamos a verlos siempre nosotros sus padres, el príncipe Mateo no quería quedarse y se puso a llorar desconsolado, claro, mi hermana a pesar de tener el corazón roto no podía sino, seguir la tradición milenaria; educar a los niños, así nos duela.
Me hizo recordar el día que me tocó a mi dejar a mi nena en el prekinder, no joda, me preparé por una semana, hice ejercicios mentales, me repetí en el baño que yo era un macho, hijo de una mujer extraordinaria y de un tipo muy arrecho y si ellos habían dejado a 4 muchachos un primer día en la escuela, yo que tenía que dejar sólo a una, no podía ser menos.
Coño, cuando mi bebé se fue alejando del carro yo pensé que en cualquier momento se iba a venir corriendo a abrazarme, desconsolada, pensando que la abandonaba para siempre y te tensé los músculos, listo para recibirla, pero no, ni siquiera volteó a verme, el que quedó, jodido, fui yo.
Pues mi mamá me recordó que el día que ella y mi papá me llevaron por primera vez a la escuela, ellos hicieron lo mismo y yo desaparecí sin siquiera mirarlos una última vez, me contó que hasta hablaba con un niño que lloraba sin parar, me imagino que le decía que no fuera pendejo, que nada valía llorar porque era el primer día de sus próximos 19 años de estudios.
Mi mamá se rió mucho cuando le conté mi historia con Isabel y me imagino que habrá pensado que lo que es igual no es trampa.


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