Día 67, faltan 298. Sábado 26 de agosto.
¿Cuántas veces puedes recorrer un mismo lugar sin tenerle arrechera?
Me fui a jugar Golf con mi amigo Jacobo, como buenos oligarcas, anti revolucionarios y profundamente pro yanquis como somos ambos, aquí es una actividad relativamente barata (Es más accesible que ir al pinche cine, sólo contando las entradas, si le agregamos la comida, no joda, ni se comparan), él y yo siempre jugamos en el mismo sitio. ¿Por qué?
Porque es barato, queda cerca y nunca tenemos tiempo para más.
Estaba jugando el hoyo 4 por sesquicentenaria vez cuando, para varias, la pelotica del carajo salió torcida y cayó en un sitio diferente, carajo, me sentí hasta feliz, me dije a mi mismo; ¡Coño, un cambio!
Los cuentos y la conversa son siempre muy entretenidos y son la razón principal de nuestra afición, no creo que faltando 298 días para cumplir 50 vaya yo a llegar al PGA, de vez en cuando es bueno que pase algo diferente en la cancha, aunque el Golf es una actividad muy desgraciada, puedes estar jugando horrible, pero siempre habrá un golpe, uno solo, que te va a hacer volver, odioso carajo.
Lo cierto fue que me paré en este ángulo extraño, no visitado jamás, de un sitio al que he ido mil veces y tuve una visión distinta de la vaina, escogí el palo adecuado y le metí un carajazo a la pelotica, la vi volar y caer relativamente cerca de lo que yo había planeado, es decir, el campo me regaló una visión distinta de sí mismo y luego me concedió el único tiro derecho de la tarde.
Hay algunas cosas que quisiera cambiar de mis tardes de Golf con Jacobo, como mis cuentos de mala leche, pero al menos él se los cala estoico mientras los dos perseguimos un objetivo que nunca parece estar más cerca: jugar bien el pincho juego.
Mi siguiente tiro fue un desastre y como que el universo regresó a mi progresión acostumbrada, quizás la conversa haya sido la misma de siempre, pero yo la disfruto mucho, es como una terapia que culmina siempre en el último hoyo cuando ambos salvamos el golpe más violento y descontrolado y le ponemos nombres a la pelota. ¡Uff! He decapitado a un montón de gente con ese tiro.
Lo cierto es que sale derechito el coño de madre.



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