Día 87, faltan 278. Viernes 15 de septiembre.

No recuerdo haber vivido un día más intenso que hoy desde el nacimiento de Isabel, no en términos de los resultados buenos o malos, sino por la montaña emocional que experimenté. No joda, quedé completamente drenado.
Desde que abrí estos ojitos que se comerán los gusanos, tenía instalada una angustia grande y gorda en el pecho, el futuro no lucía muy bien, peor, lucía horrible, y no elucubren, no tiene nada que ver con la familia, mi matrimonio o mi salud, no, tiene que ver con mi bienestar económico y profesional, carajo, me sentía en el último calabozo mental, todo oscuro, húmedo, frío y con ratas mirándome como su próximo almuerzo. Con ese Alien en la barriga, me avoqué a terminar los preparativos para la fiesta de quince años de Isabel, lo cual, por supuesto, implicaba la inversión de recursos económicos que no tengo, pero bueno, qué carajo, "Dios proveerá" me dije.
Pero aquello sólo fue como comer chicharrones picantes en medio de un ataque de acidez.
Revisaba constantemente mi correo a ver si aparecía algún rayo de esperanza, ya hacía dos días que había enviado aquellos mensajes de los que hablé en otra publicación; nada, desierto absoluto, igual que durante los últimos 10 años y siguiendo en el humor de Alien: En el espacio... ¡Nadie escuchaba mis gritos!
Mi buen amigo Fabián nos ayudó y luego de gastar mucho más de lo que podía, volvimos a casa, Adriana inmediatamente se lanzó a preparar la comida, mi amigo se fue a trabajar y yo, aunque quería trabajar al lado de mi esposa, no podía, me faltaba la respiración, estaba como un tigre con mal de rabia, enjaulado y hambriento, además de arrecho. Ella me ofreció una pastillita para calmar al animal, pero antes de tomarla, le pedí permiso para irme al gimnasio, flajelándome de forma medieval, quizás las aguas volvieran a la normalidad.
Solo, resoplando como un salvaje, volví a empujarme al límite, más por la arrechera, que por entrenamiento, no sé cómo no me desgarré algún músculo, no volví a ver el teléfono, porque no hay señal dentro del establecimiento, así que salí, aporreado y con la misma angustia; me subí al carro y como carajito asustado, decidí echarle una mirada a la pantalla.
Ahí, solamente 15 minutos viejo, estaba un pinche mensaje que, dadas las circunstancias, equivalía casi a un nuevo hijo, acababa de parir. ¡Buenas noticias coño!
Manejé conteniéndome de correr, abrí la puerta como un loco, busqué a mi esposa, le dí el teléfono para que leyera y me eché a llorar como un niño.
¡Coño, qué cansancio! Pero no importó, trabajé como una mula hasta las 2 de la mañana, esa noticia fue combustible nuclear, polvo de Campanita, puedo volar.
Mañana en la fiesta, voy a celebrar. ¡Y mucho!  

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Después

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