Día 90, faltan 275. Lunes 18 de septiembre

Paciencia, una vaina escasa y preciada, cara por supuesto, como todas las cosas con estas características, eso es lo que voy a tener que extraer de alguna mina escondida en mi psique por las próximas semanas y es que voy a entrar en un proceso que va a tardar "semanas", coño, no tengo paciencia para situaciones que duran o tardan minutos, ahora imagínense semanas, y les pido paciencia a ustedes también, porque no puedo decir exactamente de qué se trata hasta que ya todo esté terminado, así que se la calarán conmigo.
Hice una rápida búsqueda de ejercicios para la paciencia en Google, aparentemente hay algunos que lucen estándares; recomiendan ser organizados, tener una agenda clara, hacer una sola vaina a la vez, escribir sobre lo que nos estresa, delegar lo que no te guste, no puedas o no quieras hacer, sugieren tomar un descanso, repetir que las vainas toman tiempo, etc. Pues, todos estos ejercicios son para millonarios, los pendejos pobres como yo, no podemos, ni que queramos, tener una agenda organizada, si quieres sobrevivir, debes tratar de tener más de un trabajo, me pregunto: ¿A quién carajo le delego yo, a mi esposa, a mi hija o a mi perrita? Odio que me repitan las vainas y mucho más si lo hago yo mismo. 
A veces la paciencia es la única opción, a la gente no le queda otra que ser paciente, cualquier alternativa es más costosa, dolorosa, arriesgada y hasta puede ser ilegal, especialmente si lidias con el gobierno de cualquier tipo o tamaño, desde el local, hasta el federal, pero también, cuando eres tú quien necesita con más urgencia que las vainas terminen de pasar.
Allí está toda la clave, en tus propias circunstancias, por eso, cuando la gente me dice, "coño, pero es que tú eres muy impaciente", a mí me sube la bilirrubina y me arrecho, nadie puede entender las circunstancias que generan mi impaciencia, sólo yo, todos somos impacientes por naturaleza, lo tenemos en el ADN, no es una cosa de personalidad, no, es una vaina de la especie, el ser humano, piensa, habla y es impaciente.
Por eso es que las historias sobre los monjes budistas, que son infinitamente pacientes, constituyen testimonio de lo extraordinario de semejante despliegue de madurez, porque todos los demás queremos las cosas para ya, mejor, para ayer por la mañana.
¡Todos odiamos esperar! ¡No joda!
Pero aquí vamos, sin opciones, a ejercer la paciencia, que definitivamente no es una cualidad, sino una imposición.


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