Día 91, faltan 274. Martes 19 de septiembre

Fui por primera vez a Ciudad de México en 1998, durante mi Luna de Miel, con mi sueldito de empleado medio, en un canal de televisión venezolano, me pagué mi Luna de Miel; la primera impresión fue de pura intimidación, y es que ella es así, tan grande, que el avión la recorre como por 20 minutos a poco más de 900 kilómetros por hora para poder llegar al aeropuerto, uno inmediatamente piensa: ¡Coño, qué grande es esta ciudad!
Pero cuando bajas y tienes contacto con ella, de repente te sientes como en casa, si no te apendejeas en la calle, para un latinoamericano, Ciudad de México es como la ciudad de las ciudades, el lugar donde vivimos todos juntos. Cada avenida es inmensa, pero también a la escala que conoces, tiene el mismo número de habitantes que todo tu país, pero igual puedes encontrar calor de pueblo mientras te comes unos tacos en una esquina cualquiera, puedes guiarte con mapas o escuchar las cientos de miles de recomendaciones distintas hechas por propios y extraños, porque Ciudad de México es una para cada quien y cada quien la ve diferente.
Esa fue la primera de 10 visitas que ya he hecho a Ciudad de México y volveré apenas pueda.
Esta temporada apocalíptica de desastres se empeña ahora en joderle la paciencia a los mexicanos, pero eso sí es verdad que no hay allá, los mexicanos se arrechan contra las circunstancias negativas y las patean en la cara, conquistarán éstas y cualesquiera otras. 
Luego de constatar que mis miles de amigos estaban bien, puedo ver con más detalle la devastación y me arrecha muchísimo, me entristece más.
Habrán cicatrices, pero Ciudad de México no perderá su belleza, porque esa está en el carácter.


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