Día 187, faltan 178. Domingo 24 de diciembre

Había ensayado hasta el último detalle de mi grandioso discurso, lo hice con la ayuda de mi compadre Alfredo Brandt quien me escuchó con la paciencia que siempre lo ha caracterizado. Toda vaina encajaba perfectamente; primero iba a decirle a todos en la mesa que les agradecía por haberme aceptado en su casa, lo que era una redundancia porque ya mi hermana Luisa Helena había introducido hace tiempo a ambas familias, luego, me dirigiría prosopopéyico a mi futuro suegro, el Sr. Matías y le pediría permiso para, aquí se me enredó el ensayo en casa de mi compadre, pedirle a Adriana que se casara conmigo.
Nunca estuve claro si debía interrumpir mi solicitud al señor Matías para proceder a hablar con Adriana, pero entre un traguito y otro, el señor Johnny Walker aclaró temporalmente todas mis dudas, la verdad me sentía listo para la ocasión, así abandoné la casa de mi compadre, confiado, era el sábado 20 de diciembre de 1997.
En la cena de Navidad, el miércoles 24, llegué perfumado, emperifollado, con mi regalote en el bolsillo, no joda, estaba "On fire", "Ready to kill". Le acepté un trago al suegro y hablé pendejadas, Adriana estaba bella, como siempre, porque eso sí tiene ella carajo, es bella; llegó la hora de la cena y todos nos sentamos, mi futura suegra Sra. Cristina, mi futura cuñada Lety, mi futuro suegro y yo.
Comimos y llegó la hora de los regalos, una vez que todos hubieron entregado los suyos, me tocó a mí. No joda, pensé, abre papito que voy con todo.
Pero en la primera jugada puse la torta: "Mi regalo es grave". Sí, esa fue la pendejada que dije, no joda, el dandi, galán de charcutería, se descarriló en la primera curva, pero tenía que recomponerme, coño el juego apenas empezaba, no me quedaba otra que seguir, me volteé hacia mi suegro y empecé a recitar mi discurso; "Gracias por haberme..., quisiera pedirle permiso para..."
De repente me vino un corrientazo de ansiedad: ¿Y ahora? ¿A quién carajo le pido permiso? Mi cerebro se paralizó y fue otra parte de mi cuerpo que no voy a mencionar por decoro, la que tomó las riendas de la situación. Giré y miré a Adriana y le dije: ¿Te quieres casar conmigo?
Adriana me sonrió y me abrazó, llevé mi mano derecha a mi bolsillo para sacar la caja con el anillo y la muy desgraciada no quería salir, se atoró, tenía a Adriana medio abrazada, tenía que hacer algo, la fuerza bruta  iba a dejarme sin pantalones, ahí, menos mal, mi cerebro volvió a funcionar, me calmé, saqué la caja, y finalmente, le puse el anillo a mi amada.
Me dijo que sí.
Han pasado 20 años de ese día.
La quiero más aún y quiero volver a casarme con ella, voy a volverle a pedir su mano, pero esta vez, mi discurso será recordado carajo, a lo Churchill, voy a dejar el anillo sin caja y como ya no tengo que pedirle permiso a nadie, pues, sólo espero que vuelva  decirme que sí.
¡Feliz Navidad a todos! La última antes de cumplir 50.

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